Es común escuchar este comentario : - Yo soy del signo de Leo
pero me identifico más con el signo de Virgo…¿ por que será ?
Lo que la mayoría de las personas no sabe es que, además del
signo solar, en el cual se basa nuestra astrología occidental, las personas
poseemos un complejo sistema de planetas y otros factores que, junto al Sol,
modelan nuestra identidad. Al momento de nuestro nacimiento, estos planetas
pueden emplazarse en energías muy similares a las de nuestro signo solar, por
ejemplo, si soy Aries puedo tener planetas ubicados en otros signos de fuego, o
bien en el mismo signo, o por el contrario en energías más bien disonantes con
la vibración ariana. Todas estas características pueden influir para que, en
cierto modo, nos sintamos muy afines a la energía de nuestro Sol, o, por el
contrario, tengamos nuestras sospechas de que quizás nos parecemos más a otro
signo que al de nacimiento.
Entre los otros planetas y luminares que influyen
poderosamente en la conformación de nuestra identidad, la Luna es, sin duda, un
factor fundamental. Efectivamente, cuando conocemos nuestro signo lunar, o la
posición por signo de la Luna al momento de nacimiento, nos podemos explicar
muchas cosas, aspectos que incluso a veces distan de nuestras cualidades
solares.
La Luna es la energía más conocida para todo ser humano. De
hecho, cuando nacemos nuestra conciencia está protegida por la energía de la
Luna, es decir, nuestra conciencia es
cien por ciento lunar y poco a poco se
va abriendo a otras energías, alcanzando un nivel de integración mayor. Si
nuestra Luna de nacimiento está en el signo de Cáncer, por ejemplo, será con
esa energía con la cual nos identificaremos más inconscientemente. Si la Luna
cae en el signo de Sagitario, será con esa vibración con la que más me sentiré
en casa. Así, cada Luna supone una energía distinta, pero a nivel arquetípico
lo importante es que, cualquiera sea la posición de la Luna, ésta siempre
indicará qué energía constituye el refugio en mi vida, con cual me siento “como
en casa”, qué energía constituye mi nido, mi manto protector y nutricio.
De este modo, así como
queremos conocer las cualidades del signo solar, del mismo modo,
debiésemos investigar las cualidades del signo lunar, pues a veces habla de
aspectos mucho más íntimos que los de mi Sol. La Luna simboliza la madre y todo
aquello que connote protección. Es por ello que, aunque no conozcamos el signo
de nuestra Luna, es muy probable que en momentos de temor, inseguridad o
desprotección, tendamos inconsciente y automáticamente a refugiarnos en esta
energía.
¿Cómo podemos traducir esta explicación en ejemplos
concretos? Pues bien, imaginémonos que mi Luna está en el signo de Géminis.
¿Cuál será mi tendencia atávica? A explicarme la vida, a analizarla, a
comunicarla, a “tener las cosas claras”, a operar en la cabeza, etc. Cuando me
sienta desprotegido, ¿qué es lo que haré? Probablemente, trataré de
racionalizar lo que me pasa, entenderlo, hablarlo, escribirlo. ¿Qué pasa si
tengo mi Luna en Piscis, por ejemplo? Cuando me sienta inseguro o me quiera
proteger, me escaparé a mi mundo de ensueño y fantasía, me fundiré en espacios
de despersonalización, de fusión con el Todo, o en su versión más destructiva,
en las drogas o en el alcohol que me permiten conectarme con el todo
indiferenciado a través de la pérdida de conciencia.
La Luna es así una energía inconsciente, muchas veces
regresiva, que nos permite refugiarnos automáticamente cuando nos sentimos
amenazados. Lo más importante de la Luna es que, según el signo en que esté
emplazada, es esa la energía que valoramos, que tenemos “afectivizada”, por lo
tanto, “cuando me quieren” es porque mi radar lunar confirma que la energía lunar está presente;
de la misma manera, “cuando yo quiero” lo expreso principalmente por ese canal;
asimismo, cuando me quiero sentir seguro y en casa, me hundo en esa energía
para mantenerme a salvo.
Decíamos que es regresiva porque es energía inconsciente y
ya no somos los bebés que necesitan refugiarse en ese manto protector. Como
adultos, tenemos otros recursos disponibles, pues ya hemos descubierto, por
ejemplo, nuestro Sol, hemos vivenciado nuestro ascendente, conocemos aspectos
de nuestra Venus, de Marte, etc, aunque nunca hayamos escuchado la explicación,
ya está en el cuerpo. La trampita con la Luna o “el hechizo lunar” consiste en
que seguimos refugiándonos en esta energía, cuando a veces ni siquiera hay
amenaza real, cuando no hay peligro alguno, o bien, cuando pese a que nos
sentimos desprotegidos, insistimos en hundirnos en la cuna mullida de la Luna,
cuando quizás la vida nos pide otra respuesta más creativa e integrada,
recurriendo a nuestro Sol, por ejemplo, a la energía del ascendente u otro
planeta.
La Luna es nuestro refugio y, cuando la conocemos, cuando
tomamos conciencia de su influjo, podemos refugiarnos en ella pero ya no como
niños, sino como adultos que eligen nutrirse y envolverse en esta energía.
Cuando la Luna es una elección, dejamos de estar atrapados regresivamente en
ella, como si sólo fuésemos ese fragmento de energía. Como adultos, reconocemos
nuestra totalidad y si vamos a nuestra Luna es porque constituye nuestra
energía básica, en ella nos nutrimos y cuidamos de nuestra alma.
Cuando desplegamos nuestra Luna conscientemente, nos
acercamos a nuestros talentos: naturalmente somos seres lunares, nutrimos a
otros y a nosotros mismos desde este lugar. Somos capaces de desplegar toda
nuestra sabiduría lunar acerca de ese signo. Cuando dejamos que el mecanismo
nos atrape no siempre crecemos. Con una Luna en Géminis, por ejemplo, en un
momento de desprotección nos ponemos a explicar, aclarar, racionalizar y dudar,
cuando a lo mejor la vida nos pide a gritos sentir, resonar y silenciarnos.
Averigua cual es tu signo lunar y cuáles son los dones
asociados a esa energía y despliégalos conscientemente, pues estarás
nutriéndote, acunándote, al igual que una madre. Descubre, también, las sombras
de esa energía y reconoce de qué forma pueden estar presentes en tus respuestas
emocionales más inconscientes.


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